Sobre un mix de consumidores y fruta / Carlos Campillo

Opiniones y Experiencias - 13 Aug, 2018

Carlos Campillo
Conservas Calanda, S.L.
carloscampillo@conservascalanda.com

Un año más las escenas  se repiten. Un año más, como si de una  obra de teatro se tratase, asistimos a esta representación con tres enervados actores principales, un aparentemente dócil actor secundario y un extra que no deja de deparar sorpresas. Todos ellos con el guión bien aprendido, excepto el extra que, dado su incontrolable carácter, adquiere un protagonismo que, indefectiblemente, obliga a realizar modificaciones en el susodicho guión.

Desde hace algunas semanas, y  con la "grata" compañía de esta vorágine de calor, tormentas y granizo,   vemos como el sector de la fruta fresca, y especialmente la de hueso, se ve sometido a los vaivenes de un mercado que, algunos, no llegamos a comprender. 

Se supone que las reglas del juego que regulan el libre mercado  se basan en  la oferta y la demanda. A mayor oferta, si la demanda es baja o estable, los precios de compra bajan y, a menor oferta, con una demanda alta o estable, los precios suben.  En la introducción les hablaba de tres actores principales, el Productor, el Intermediario (a veces prescindible) y el Prescriptor (Tiendas, Distribución, etc). También les hablaba de un actor secundario cuyo  protagonismo,  parece diluirse a veces, aunque en realidad es quien mueve todo este entramado. Me refiero al Consumidor Final. Y por último la Climatología, un extra que, sin estar invitado a la representación, va a condicionar el resultado de todo el trabajo anterior  en función de que la  Oferta sea escasa, normal o excesiva.  Conviene incluir un cuarto actor, ligado normalmente al sector productor, cuya importancia económica no es pequeña precisamente, es el Sector Transformador o Industrial. 

Uno, en su infinita ignorancia, no entiende como en años (que son habituales) de exceso de oferta de fruta, se pone en marcha el mecanismo de bajar los precios de compra al Productor hasta el extremo de que esos precios no cubren ni los costes de producción (no digamos ya los de recolección y comercialización) y esa fruta acaba el los lineales de los establecimientos con incrementos de un 200 o un 300 % sobre el precio de compra y, en paralelo, leemos o vemos  en los medios que se ha denunciado a alguna cadena de distribución por supuesta venta a pérdidas de algún artículo "gancho". 

Está claro que el sector necesita un replanteamiento sobre la idoneidad de esta forma de trabajar, que cada año suele traer los mismos desajustes de exceso de oferta y defecto de demanda. La globalización ha traído a nuestros mercados aspectos positivos y negativos. El miedo a las fronteras y a las barreras comerciales es, en general, solo un recuerdo. La nueva demanda externa ha hecho que se  aumente la superficie de cultivo y, en consecuencia la oferta. Pero factores externos a la propia dinámica del sector, como el veto del "gigante" ruso, nos ha demostrado la fragilidad en la que nos movemos y, de la noche a la mañana, nos encontramos buscando otros mercados que, en el mejor de los casos,  pueda absorber  una parte de ese exceso de oferta inesperado, algo que todavía no se ha conseguido.

Un interesante informe, sobre las importaciones y exportaciones de frutas de hueso en Europa, publicado por el "Centro para la promoción de los países en desarrollo"   www.cbi.eu/node/2101/pdf/  indica que la mayoría de la fruta de hueso que se comercializa en Europa, procede de los propios estados miembros, siendo Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Polonia los principales importadores.

En paralelo, países como Turquía (Cereza), Sudáfrica (Ciruela) y Chile (Ciruela y Cereza),   son los principales proveedores para Europa en los meses que no son época de cultivo.  

Al parecer todavía queda recorrido para crecer en este mercado europeo, pero la competencia es importante y, la dimensión del exportador es y será un factor decisivo para hacerse con  las operaciones y ofrecer confianza a los importadores.

Todo lo dicho anteriormente sirve de poco si no conseguimos que el consumidor acabe incorporando de manera habitual fruta (en cualquiera de las formas posibles) a su cesta de la compra. Y para conseguir eso tenemos que conocer sus gustos, sus preferencias, sus necesidades y, en la medida de lo posible, ponerle las cosas fáciles. Cada año se realizan encuestas  para intentar adivinar lo que un consumidor medido valora y/o rechaza en un alimento. Los resultados van marcando año tras año, no verdades absolutas, pero si tendencias hacia sus preferencias y, aquí empieza la cuadratura del círculo. Cito algunas de las mas comunes referidas a los alimentos

  • Busca comodidad y valora ahorrar tiempo y dinero
  • Es omnicanal, utiliza el e-commerce y todo gira en torno a él
  • Busca alimentos más "sanos" (Ecológicos, Naturales, etc.)
  • Busca etiquetas "limpias" por convicción y salud (Alérgenos)
  • Quiere alimentos "seguros, naturales y sostenibles"
  • Tiene alta conciencia medioambiental
  • Dice aumentar el consumo de frutas y verduras en su dieta
  • Da mucha importancia al aspecto y las texturas
  • Evita y ve mal tirar  comida
  • Exige "democratización" en los precios de los alimentos

Esta lista de deseos e intenciones se puede interpretar de distintas formas. Podría ser una carta a los Magos de Oriente como las que escriben los niños. Podría ser una hoja de ruta sobre el camino a seguir por parte de los que participamos en la cadena alimentaria, incluidos los investigadores.  No lo se a ciencia cierta, pero lo que es un hecho (no porque lo diga yo) es que los consumidores somos gente extraña que decimos lo que nos gustaría hacer para terminar haciendo lo contrario, en muchos casos. 

Queremos que, por ejemplo, unos melocotones o unos tomates que metemos hoy al frigorífico, estén perfectos para su ingesta dentro de 10 o 15 días, pero, obviamente, que no sean OGM, aunque la inmensa mayoría no sepa realmente que es un alimento OGM, ni la ausencia de demostración científica de que sean perjudiciales para la salud. Nos empapamos del contenido legal de las etiquetas de los envases para terminar no comprendiendo nada, salvo que seas un experto en nutrición con doctorado en Química. Y no digamos si en el apartado de ingredientes aparecen las temidas "E", esas por definición no son buenas, aunque sea totalmente legal su uso.  Alardeamos de conciencia medioambiental pero no nos tiembla el pulso para contaminar de mil y una formas. Adoramos los alimentos ecológicos pero compramos los convencionales porque pocos bolsillos pueden pagarlos salvo para darse un homenaje.  

En fin, todo esto resulta bastante kafkiano, al menos para el que les escribe.