Jesús Yániz Pérez de Albéniz
Departamento de Producción Animal y Ciencia de los Alimentos
Escuela Politécnica Superior de Huesca - Universidad de Zaragoza

En Europa, la evolución de la abeja negra (Apis mellifera mellifera) es muy ilustrativa de la tendencia de la apicultura profesional hacia una menor variabilidad genética. Esta subespecie ocupaba una vasta extensión desde los Pirineos hasta los Urales, la más amplia de las subespecies europeas. Sin embargo, en los últimos 150 años se ha producido la introducción de otras subespecies de abeja en la zona original de A. m. mellifera, principalmente por subespecies comentadas del sur-este europeo (A. m. carnica y A. m. ligustica). En Alemania, A. m. mellifera fue casi completamente reemplazada por A. m. cárnica, y en Dinamarca por A. m. ligústica. En Francia y otros países se han introducido ambas subespecies, produciéndose hibridaciones con la abeja negra local. En consecuencia, la diversidad natural de las abejas de la miel se está deteriorando rápidamente en Europa, lo que conlleva una pérdida de diversidad genética como de adaptaciones específicas a las condiciones locales. Hay bastante consenso sobre la necesidad de identificar estas valiosas variedades regionales para preservar a las abejas adaptadas a nivel local.

La Península Ibérica se ha considerado una excepción a la tendencia global de introducción de abejas alóctonas mejoradas ya que en ella se ha conservado, con relativamente escasa contaminación genética externa, una subespecie propia, la abeja negra ibérica (Apis mellifera iberiensis), que además presenta una gran variabilidad. De hecho, la Península Ibérica es la región europea con la mayor diversidad genética, probablemente como resultado de la adaptación a las condiciones climáticas regionales. Esta diversidad constituye un tesoro natural que debemos preservar, no solo por el interés ecológico, sino también porque muestran una mayor capacidad de adaptación a las modificaciones ambientales, por ejemplo, las derivadas del cambio climático, y más posibilidades de afrontar los nuevos desafíos sanitarios a los que se enfrentan las abejas en la actualidad. En este sentido, se ha demostrado que las abejas adaptadas a una región tienen mayor capacidad de supervivencia.

Sin embargo, en los últimos años, cada vez es más frecuente encontrar apicultores españoles que optan por abejas de otras subespecies o híbridos, principalmente Buckfast, cárnica o ligústica. Además, y dado que no existen restricciones para la trashumancia de abejas de cualquier genética, la mayoría de apicultores han observado hibridaciones de sus abejas negras con otras importadas, detectadas por la presencia de coloraciones amarillas en el abdomen. Esto es un problema grave si el apicultor pretende comercializar abejas o si emprende un programa de mejora genética.

La importación de abejas alóctonas conlleva riesgos porque podrían adaptarse mal a las nuevas condiciones ambientales, a diferencia de las abejas autóctonas. Por ejemplo, la abeja ligústica necesita muchas más reservas invernales que la ibérica, lo que complica la invernada. Además, a los mayores riesgos sanitarios derivados de la introducción de animales vivos hay que añadir una posible mayor susceptibilidad a enfermedades porque las cepas y variedades de gérmenes y parásitos que afectan a las abejas locales pueden ser más virulentas para las poblaciones de fuera. También se ha demostrado que la variabilidad genética de la colmena se relaciona con el estatus sanitario, de manera que las homogéneas abejas importadas tienen mayor riesgo de enfermar.

Los apicultores que optan por la introducción de abejas alóctonas a menudo no son conscientes de las implicaciones a medio plazo. Un carácter especialmente buscado en estas subespecies o híbridos es la mansedumbre. Si bien es cierto que el primer cruce con las abejas ibéricas (la primera generación o F1) mantiene un menor comportamiento defensivo que la abeja local, las siguientes generaciones (F2 en adelante), son mucho más agresivas que la abeja autóctona. Ello genera la necesidad de introducir continuamente abejas de la subespecie buscada, con lo que se genera una dependencia genética costosa y a menudo complicada de manejar.

Las principales desventajas de la abeja negra ibérica son su alto comportamiento defensivo y tendencia a la enjambrazón. Estos caracteres no son deseados por los apicultores porque complican su trabajo diario y las hace menos productivas, por lo que cada vez es más frecuente que opten por subespecies no locales (e híbridos), que amenazan la diversidad natural de la población local debido a los entrecruzamientos incontrolados. Ante esta realidad, si nuestro objetivo es mantener y promocionar la subespecie A. m. iberiensis, será necesario seleccionar las poblaciones locales para obtener abejas que presenten caracteres de interés para los apicultores y, por lo tanto, sean preferidas para su uso en la apicultura.